Frustración


Soy un pediatra jubilado.


Puedo recordar vívidamente una tarde, hace diez años, cuando vinieron a verme tres adolescentes que pesaban más de lo que la balanza podía medir. Eso es más de 140 kg.

Obesidad en adolescentes


El tercer niño había venido por un dolor de garganta y su peso había aumentado más de 4,5 kilos desde su visita dos semanas antes, cuando fue visto para un chequeo regular. Su madre me advirtió desde el comienzo de la visita que estaban allí solo para el dolor de garganta y que ¡MEJOR NO DISCUTIR SU PESO!

¡ES MEJOR NO HABLAR SOBRE SU PESO!

Primero me ocupé del dolor de garganta, pero antes de que se fueran de mi oficina, les expliqué que habría sido una negligencia de mi parte no llamar la atención sobre su problema de peso. Sé que no quería volver a escucharlo, pero temía que probablemente fuera el tipo de paciente que me habría demandado por no advertirle de los peligros que él experimentaría en el futuro.

¡Y estaba seguro de documentar todo en el historial médico que hablé!


¡Sí, fue extremadamente frustrante!

Antes de terminar de escribir esta puesto, me preocupaba que me acusaran de “avergonzar del cuerpo” (“body-shaming”) porque expresé mi frustración por tratar la obesidad infantil. De hecho, creo que comprendo mucho a los niños y adultos cuyas vidas se ven afectadas negativamente por la obesidad.


Desde que comenzó la pandemia, estaba claro que la obesidad, junto con los problemas a menudo coexistentes de diabetes e hipertensión, era el factor de riesgo número uno si contraía COVID-19. Habría pensado que los CDC y el establecimiento médico que promueve la vacunación COVID habrían aprovechado la oportunidad para cambiar el curso de la vida de las personas al enfatizar patrones de alimentación más saludables. Todavía estoy esperando que alguien se levante y haga de esta la prioridad más importante para el futuro de la salud de nuestro mundo, no solo durante la pandemia. Si no logramos controlar la epidemia de obesidad, tendremos que prepararnos para la disminución de la esperanza de vida en las generaciones venideras.


La campaña para una alimentación más saludable debe comenzar desde la niñez, pero requiere la aceptación y la participación de los padres. Si los padres no están dispuestos a escuchar los consejos de sus pediatras y reaccionan a la defensiva, nunca ganaremos esta batalla.

Acepto el hecho de que cambiar los hábitos es una tarea muy difícil. Sin embargo, si nuestra sociedad no aborda este problema de frente con honestidad, coraje y dedicación, estaremos enfrentando una “amenaza existencial” mayor de lo que nadie hubiera imaginado.

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